Esthela Calderón (2008). Soplo de corriente vital.
Si me hubieran dejado construir cada parte de mi cuerpo, habría elegido la fortaleza de los árboles. Mis pies serían esculpidos en Laurel y mis piernas fueran dos troncos sólidos en madera de Pochote para andar sin cansarme por llevar mi memoria a cuestas. Mis caderas las moldearía con el ritmo bronceado de Caoba. Con ellas ahuyentaría la desgracia en días y noches de indiferencia. En cálida casulla donde crece el Cacao convertiría mi vientre, y par de fuertes Lianas mis brazos para seguir fuera de mí, mucho más lejos, agarrándome con manos de Guarumo. Si me hubieran dejado construir cada parte de mi cuerpo, los colores variados de las plantas y las frutas hubiera elegido. Con el rojo del Malinche, pintaría mis labios para el laberinto de batallas. Me cubriría el cuerpo con el color de los pecaminosos Nísperos. Y dos semillas negras de Tamarindo encenderían mis ojos. El Guanacaste me regalaría dos orejas, la Grosella una redonda nariz, la Guaba almohaditas blancas para dientes. Enredaderas de Catapanzas con flores de Jalacate serían mi pelo, y un dúo de pequeñas mandarinas alegremente cantarían en mi pecho. Si me hubieran permitido construir mi corazón, lo habría tallado con la carne de un Roble, las flores de todos los Madreados en mayo, una rebanada de obstinados Cactos, la tolerancia insufrible de una Amapola y la frialdad con que miran las Orquídeas. Si me hubieran permitido construir cada parte de mi cuerpo, habría elegido el adormecedor aroma de las flores. En la queja de los Madroños y en el vía crucis de los Corozos se volvería mi lengua. Mi boca tendría el aliento de las Brugmansias. Entonces, moriría transparente y despierta, añorando el paso lento de una estrella, yo, ahora imaginando ser la que hubiera sido. Manojo de Siempreviva mi cerebro y alaste flor de Avispa mi sangre.
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